Lo de estar por morirse es un decir, por supuesto. Ella no es que estuviera por morirse, sino que no le quedaba más remedio. Había adquirido de sus antepasados, remontándose incluso a las amebas esenciales primigenias, la fea costumbre de gozar de una existencia que no era más que un soplo. ¿Qué más me daba a mí, entonces, prometerle que vendría a ver a mi padre cuando ella se muriese? En un soplo --otro soplo-- estaría yo allí de nuevo, en Comala, preguntando por un tal Pedro Páramo que había resultado ser mi padre, y acaso le diría: "Hola, padre, soy yo, tu hijo". Y él me abriría sus brazos, y lloraríamos la muerte de ella, de mi madre, que se nos fue en un soplo por no hacer mudanza en su costumbre --Garcilaso dixit--.
Autor: Eduardo Iáñez